1905. Mi primer trabajo como jardinero, hace
frío pero nada detiene mis ánimos de ganar mis 25 pesos por arreglarle el
jardín al seño Marcos, el malhumorado del barrio. Yo en cambio, estoy siempre
alegre y feliz por mi trabajo aunque cuando se trata de esa zona me siento
asustado y con muchas ansias de abandonarlo todo.
Ya terminé de cortar el césped, solo me falta
la parte trasera. De repente, Marcos termina de almorzar y me avisa de que
tenga cuidado con los pozos que se encontraban escondidos en el pasto.
Su jardín era una inmensidad y cortando el
césped, me tropiezo con un amontonamiento de barro, cosa resbaladiza. Al
tropezarme, caigo a uno de los tantos pozos que hay en el jardín. El pozo ocupa
la medida exacta de todo mi cuerpo, no puedo moverme para los costados ni para
arriba porque el hoyo parece estar sellado, el único movimiento que puedo
realizar es arrastrarme hacia adelante. Al hacer esto caigo nuevamente como si
en el pozo hubiera un subpozo pero esta vez, el espacio era muy amplio.
Inmediatamente las paredes de barro
comenzaron a moverse y de un túnel veo que salen personas pequeñas, tan
diminutas que su altura me llega hasta las rodillas.
Estos hombrecillos, que parecían duendes, me rodean y
cuentan que Marcos no es un hombre normal, sino que es un hechicero con
el objetivo de encerrar a las personas y convertirlas en enanos y dejarlas
atrapadas en un mundo sebterraneo.
Los hombrecillos me cuentan que tengo un par
de horas antes de convertirme en uno de
ellos y que para evitarlo debo encontrar
una salida secreta, que ellos no lo
lograron, y que están dispuestos a
ayudarme en la búsqueda de la misma.
Con unos polvitos mágicos que arrojan los
duendes podemos ver una luz que filtra por una de las paredes de barro y empezamos
a escarbar. Luego de un largo rato descubrimos un laberinto. Los duendes
piensan que esa es la salida que ellos pueden ayudarme a resolver pero que ya
no pueden salir justamente por su transformación. Nos dividimos en grupos y
elegimos diferentes direcciones.
Al llegar al final del laberinto, nos
reencontramos los dos grupos. Las dos opciones llegaban al mismo final,
entonces superando mi decepción y con poco tiempo, se me ocurre mirar hacia
arriba y veo nuevamente una luz que filtra entre lo que parecen raíces.
Los duendes forman una torre con sus cuerpos
y me ayudan a subir. Empujo fuertemente
con mis manos la tierra con raíces.
Al fin estoy fuera en un lugar desconocido
para mi, lleno de ríos y bosques.
Me decido a recorrerlo y ver que me espera,
al menos no me he convertido en un duende.
Si alguien encuentra esta nota aquí, sabrá
que no está solo.
Mejor, aunque sigue sin ser un cuento fantástico...
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